A solas con el Gigante Por Luis Miguel Ruíz Gordón. Enero/99 |
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| Durante estos últimos
dieciocho o veinte años, he tenido el privilegio de poder compartir muchas horas
con ese gigante alado de nuestros campos, que es la avutarda. Se trata de la más grande
de las aves del continente europeo con capacidad de vuelo y, por lo tanto, su presencia en
nuestra localidad resulta tan espectacular como insólita. En un primer encuentro con estas aves, quedé impactado por aquellos animales desconocidos para mi entonces inexperto fichero visual. Mis pupilas adolescentes no habían descubierto las virtudes de los prismáticos y tan solo pude apreciar volumen y movimiento. Aquellos seres que se movían sobre el cerro Cabeza Fuerte resultaban desproporcionadamente grandes y caminaban a una velocidad inusual sobre la línea del horizonte. Cuando, entusiasmado y perplejo, le comparé mi observación a un agricultor local con un rebaño de ovejas, él de inmediato sentenció: ¡Ah! ¡Esas son las "avetardas"! (denominación popular extendida por distintas provincias españolas, que alude a su dificultad para elevar el vuelo). Desde entonces no he faltado a mi cita anual con estos animales, en un intento por conocer algunos aspectos de su intimidad. Fotografiar la naturaleza no es nada sencillo. En ocasiones resulta gratificante, pero otras muchas el esfuerzo y las incomodidades no se ven recompensadas con los resultados. Hay muchas formas de obtener imágenes de fauna en libertad. Cada especie tiene su problemática particular y en el caso de la avutarda la dificultad es considerable debido a que habita espacios abiertos, con pocos lugares donde poder ocultarse para obtener un plano del animal lo suficientemente cercano. Además, estos animales disponen de una agudeza visual extraordinaria y son extremadamente recelosos y esquivos. Si consideramos todos estos factores, nos parecerá poco menos que imposible obtener una buena imagen de esta especie en libertad. Tan solo la experiencia, el tesón, muchas horas de empeño y una buena dosis de suerte han ido posibilitando algunos éxitos contados. No obstante, y a pesar del sueño, el frío, el calor la sed y la incomodidad de permanecer hasta catorce horas seguidas en un espacio tan reducido que para mover un pie tenías que pedir permiso al hombro, los breves encuentros merecieron la pena. La extraordinaria dificultad para prever los movimientos de estas aves convierte cada intento de acercamiento en una apuesta con el destino. Tientas a la suerte y algún día la encuentras. Otros muchos días te dan ganas de abandonar definitivamente. UNA JORNADA AFORTUNADA Aún faltaba mucho tiempo para que el sol dibujara los perfiles del paisaje, cuando me dirigí hacia el puesto instalado tiempo atrás. El silencio del páramo tan solo quedaba roto por el grito lastimero del alcaraván. Las estrellas decoraban todavía el techo de las siembras. Hacía fresco y, a mi paso, el rocío que dormía en las espigas se despertó, se alojó en mis pantalones y viajó hasta las botas para construir un charco. Por fin llegué al escondrijo y, aún con los pies pasados por agua, había que esperar fortuna. Acompañado por multitud de pensamientos esperanzados, asistía impaciente al parto de una nueva jornada. Entretanto, mis ojos, empañados por las lágrimas de la brisa, buscaban con avidez la figura difusa de las aves en las proximidades. La calandria inundaba la siembra con sus trinos y el aguilucho cenizo peinaba las espigas en busca de algún incauto que llevarse al pico. Pero de los gigantes del llano no había ni rastro. Todavía dormitaba la bruma en la vaguada, cuando apareció lejano un gran ejemplar Era un macho espectacular y, como de costumbre, se limitó a otear desde el techo con la mayor de las parsimonias. Nada de lo que se moviera a su alrededor le pasaría inadvertido. Al cabo de un buen rato, por detrás de la loma convertida en atalaya, fueron apareciendo varios ejemplares, que llegaron a sumar hasta trece. Su paso era decidido, firme, incluso veloz. De repente, se pararon y dos de ellos quedaron enfrentados. Se miraban fijamente el uno al otro mientras que los demás saltaban nerviosos e inquietos hasta que, inesperadamente, reemprendieron la marcha. El balanceo de su cabeza al caminar era un síntoma de tranquilidad con respecto a posibles peligros, pero también de excitación dentro de su comportamiento social. En cualquier caso, no parecían tener intención de acercarse, que era lo que más me interesaba en aquel momento. Sin embargo, el líder del grupo giró repentinamente y puso rumbo hacia el mismo lugar en el que mi corazón aumentaba su ritmo por momentos. El resto del cuerpo le siguió sin titubeos. Por un instante, me quedé embelesado ante semejante espectáculo y no reparé en que estaba allí para fotografiar aquello. Finalmente reaccioné y, cuando conseguí detener los temblores de mis dedos y enfocar el objetivo de la cámara, descubrí que estaban mucho más cerca de lo que hubiera podido esperar En tan sólo unos instantes, catorce avutardas habían pasado a escasos metros del minúsculo alojamiento que me había hecho invisible. Todavía me temblaban las rodillas cuando comprobé que el contador de la cámara había corrido. Ellas ya no estaban, pero aquel día una parte de ellas se había quedado en la cajita de los recuerdos y ahora la puedo compartir con vosotros. Estamos entrando en el siglo que siempre fue del futuro y que pronto formará parte de nuestro presente. Ojalá ese siglo XXI sea también el de estos fantásticos animales que, de forma sorprendente, han sobrevivido hasta nuestros días a tan sólo veinte kilómetros de la gran urbe de asfalto. Agradezco desde estas líneas la oportunidad que me ha brindado el grupo, Aulaga de transmitir mi modesta experiencia con un animal tan singular y aplaudo la labor de todos los que, como ellos, participan de forma activa en defensa del medio ambiente, nuestro MEDIO AMBIENTE. |
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